domingo, 22 de diciembre de 2013

Liberando la coraza

APCI, terapia psico-corporal

Nuestro sistema muscular constituye una fuerte coraza. Por un lado nos sostiene y nos permite el movimiento, pero las tensiones continuas pueden acortar y endurecer la musculatura de manera que, con el tiempo, se producen dolores, contracturas y falta de movilidad. Nuestra coraza, tensa y bloqueada, puede convertirse en una prisión muy dolorosa.

Todos hemos sufrido o conocido a personas que padecen tendinitis, lumbalgias, dolores en las cervicales… Sabemos de muchas personas mayores impedidas de realizar muchos movimientos debido a la musculatura anquilosada y los huesos frágiles. Pero, además, hay un enorme desconocimiento sobre nuestra anatomía, no solo en las personas a pie de calle, sino entre la clase médica. La super-especialización hace que muy pocos profesionales de la salud tengan una visión global del cuerpo y algunos médicos desconocen en buena medida cómo funciona el sistema locomotor humano.

Además, el común de la gente tenemos ideas erróneas: pensamos que ir al gimnasio y machacarnos con pesas y ejercicios de musculación dará más tono a nuestro cuerpo y mejorará nuestra salud. Cuando, en realidad, lo que estamos haciendo es acortar las fibras musculares, desgastar las articulaciones y provocar una tensión excesiva al esqueleto. Las consecuencias, a medio y largo plazo, son lesiones, dolores, reducción de la movilidad, agarrotamiento y bloqueos. Perseguimos la salud y la belleza y conseguimos anquilosar nuestros cuerpos, castigando nuestra estructura ósea y muscular.

Entonces, ¿no hay que hacer ejercicio? Claro que sí. Podemos caminar, trotar, bailar, estirar… pero sin forzar movimientos ni posturas, respirando e incrementando el ritmo cardiovascular. Cuando nos movemos, trabajamos, jugamos, paseamos, ya estamos ejercitando todo nuestro cuerpo de forma natural.

Desde hace décadas una serie de terapeutas han descubierto que los músculos necesitan elasticidad y oxígeno para que el cuerpo esté bien sano y fuerte. Lo que hay que hacer es estirar y devolver al músculo su longitud y forma natural, deshaciendo los nudos y contracturas que, a veces, llevan años enquistados.

De la mano de una persona amiga conocí a Angel Bonet, un terapeuta que ha creado un método propio de trabajo psico-corporal, el método APCI. Se basa en la antigimnasia de Françoise Mézieres, en la terapia de Reich y en el análisis bio-energético de Alexander Lowen, aunando el aspecto físico y el psíquico. Una sesión con Angel Bonet ayuda a liberar las tensiones acumuladas durante años, a deshacer contracturas musculares y a revitalizar los músculos y los nervios, permitiendo que la sangre y la energía circulen mejor por todo el cuerpo.

Vi que esto podía ayudarme para mejorar el riego sanguíneo del cráneo, incluyendo el sistema ocular. Efectivamente, desde las primeras sesiones fui consciente de la enorme tensión que oprimía mi cuello y espalda. Mis músculos, decía Angel, parecían sogas de hierro. Un músculo contraído oprime nervios y huesos, y dificulta la circulación de la sangre. La terapia APCI, que voy siguiendo con regularidad, me ha ayudado mucho a liberar las tensiones musculares y emocionales y ha mejorado mi salud en general.

Angel es un profesional excelente: como persona, es culto e inquieto intelectualmente; mantenemos unas conversaciones muy profundas que enriquecen nuestra visión sobre la vida y la salud. De manera que, aparte del beneficio físico, he encontrado un beneficio emocional y espiritual, y he ganado un nuevo amigo.

Con esta terapia también he visto la importancia de tener más paz, de ser más flexible, de no preocuparme tanto ni de cargar con más problemas de la cuenta. He aprendido a conocer mejor mi cuerpo y la maravilla del sistema muscular que nos sostiene. Cuanto más sé, más me admiro de lo bien hecho que está el cuerpo humano y de lo importante que es cuidarlo. Con solo un poco de mimo, responde de inmediato. Nuestro cuerpo quiere estar sano y es muy agradecido.


Más información sobre el centro APCI: http://www.centroapci.com/inicio.html

domingo, 15 de diciembre de 2013

Silencio terapéutico

Cuando sufrí el trombo ocular, viendo que mi visión pendía de una fina cuerda, ansié estar solo para meditar sobre lo que me había ocurrido.

En una primera fase me pregunté por qué me había sucedido esto. Buscaba respuestas y ninguna me satisfacía. Al mismo tiempo, me torturaba un profundo sentimiento de culpa al pensar que podía perder la vista por no haber cuidado lo suficiente mi salud. Había saboreado hasta embriagarme el color del mar y del cielo, la belleza de la noche y de los paisajes. Ahora me veía limitado.

Poco a poco empecé a reconciliarme con mi nueva situación. Después de una profunda crisis aprendí a no martirizarme más. Tenía que extraer una enseñanza nueva de lo ocurrido. Fue una lección dura, pero necesaria para crecer. Dejé de preguntarme, aprendí a callar y a redescubrir el silencio.

Fue en la calma cuando vi que la solución del problema estaba en mí, como estuvo en mí la causa que lo originó. Así inicié el proceso de recuperación, desde el silencio. Es un camino con vaivenes, pero siempre ascendente. Desde el más hondo silencio de mi corazón, sin palabras, con la mirada más allá de mis limitaciones, empecé a confiar en la fuerza reparadora que tenía y fue así cuando llegué a darme cuenta de que, en la más profunda oscuridad se pueden ver destellos de esperanza que despuntan y empiezan a brillar en el horizonte.

Aconsejo a los que me seguís que no desestiméis el potente valor terapéutico del silencio. Con la mano tendida de los amigos que saben padecer también en silencio tu sufrimiento, se alcanza una especial sensibilidad para captar el valor de la salud, tanto física como espiritual.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Visión natural: el método Bates

Cuando leí el libro del Doctor Flint, Comer bien para ver mejor, ya supe que existía un método llamado Método Bates o Visión Natural, que consiste en entrenar y reeducar al ojo para que recupere su capacidad visual sin recurrir a la cirugía ni a las lentes. En Barcelona, busqué algún terapeuta que practicara esta disciplina, y así es como conocí a Andrea Buch, una de las seguidoras del método Bates en España.

Hablé con ella y quedamos para hacer varias sesiones. Después, podía seguir practicando en casa.

El método fue creado por el doctor William H. Bates, y se basa en lo siguiente. La visión borrosa no es tanto debida a un defecto del ojo como a una forma de utilizarlo, donde la psicología y los aspectos emocionales influyen mucho. Se puede reeducar el ojo, relajando y entrenando los músculos que lo rodean, con una serie de ejercicios muy sencillos y fáciles de aprender. Muchos problemas de claridad y enfoque visual son debidos a una tensión y acortamiento de la musculatura del ojo, a menudo causados por el estrés, nervios, miedos y angustias. Este método puede mejorar considerablemente la agudeza visual. Bates llegó a tratar a miles de pacientes, y recoge su experiencia en un libro: Visión perfecta sin gafas. El conocido escritor Aldous Huxley, que llegó a tener tan solo un 15 % de visión, logró recuperarla gracias a este sistema.

Como tantas terapias alternativas, este método chocó con la oftalmología tradicional. Aún hoy tiene detractores. Una terapia natural eficaz sin lentes y sin cirugía, evidentemente es una amenaza para ciertos negocios ―óptica, fabricantes de instrumentos quirúrgicos, etc.― y no todos los médicos están abiertos a tratamientos complementarios. Como toda terapia, no es una fórmula mágica. Pide una colaboración activa del paciente y constancia en los ejercicios. En mi caso, me fue bien para tomar conciencia del funcionamiento de mis ojos. Nunca había ejercitado los músculos que rodean el globo ocular, ni conocía la necesidad de relajarlos, moverlos, oxigenarlos. Durante los intervalos en que mi edema macular estuvo bajo control, gané agudeza visual. En lo funcional, fue positivo. Pero mi problema, al ser orgánico, causado por un tejido inflamado con vasos sanguíneos frágiles, no se resolvió de esta manera.

Uno de los instrumentos de que se vale el método Visión Natural son las gafas reticulares o de rejilla. Con estas gafas se corrige la refracción, se estimula el movimiento del ojo y el enfoque. Llevarlas cada día unos cinco o diez minutos contribuye a mejorar la visión. Mi experiencia con las gafas reticulares fue sorprendente. Realmente funcionan mientras las llevas puestas. Por ejemplo, me van muy para ver la televisión, o cuando camino por la calle, para distinguir mejor letreros, detalles… Estas gafas son adecuadas para personas con problemas como miopía, astigmatismo, presbicia, donde la visión se ve alterada por deformación del cristalino o del globo ocular. Quienes las prescriben incluso las recomiendan como sustituto de las gafas de sol.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Un encuentro esperanzador

En febrero 2011, aconsejado por la terapeuta Dolors Montpeat, con la que hacía la antigimnasia, visité al doctor Vivar Badía. Ella me explicó que tenía un problema ocular que en ninguna otra clínica le habían podido resolver. El doctor Vivar le detectó carencia de vitamina E y, recetándole suplementos, logró mejorar sustancialmente su calidad de visión. Ante el encallamiento de mi proceso, y cansado de recibir pinchazo tras pinchazo en mi pobre ojo, decidí ir a su consulta.

El doctor Adolfo Vivar es oftalmólogo. Pero, además de seguir los protocolos convencionales, añade a sus terapias un enfoque holístico, apoyado con la toma de productos homeopáticos. Concretamente, se vale de la llamada homeopatía spagyrica, basada en los preparados herbales tradicionales de la medicina antigua. Los productos spagyricos son maceraciones de hierbas con activos muy potentes, enriquecidas con minerales que provocan una reacción curativa en el organismo. Sus efectos se dan gradualmente, pero de forma constante y segura, y no solo tratan el nivel físico, sino también el plano energético y anímico de la persona.

Ya en la primera visita quedé gratamente impresionado por la afabilidad del doctor Vivar. Fue el único que me dijo que podía mejorar y podía, con el tiempo, dejar de pincharme. Me pidió, eso sí, mucha constancia y paciencia con los tratamientos. Y decidí confiar en él y ponerme en sus manos. Al día siguiente compré los preparados homeopáticos y comencé. Desde entonces, no me olvido jamás de tomar mis gotitas, aunque esté de viaje y resulte un poco engorroso. Me he acostumbrado a ellas y, con el tiempo, he podido comprobar sus buenos resultados.

Los primeros meses después de esta visita aún continué pinchándome, pero después se produjo un largo intervalo de casi un año durante el cual recuperé visión y no tuve que ponerme ni una inyección.

Lo que más me ha gustado del doctor Vivar es su criterio de buscar alternativas lo menos agresivas y lo más eficaces posible, incluso teniendo en cuenta el ahorro económico. Para él, cada paciente no es un ojo o una patología que le va a generar dinero; es una persona única con un entorno, unas circunstancias, una historia y unas emociones. Y todo esto influye en su proceso de curación. El doctor Vivar está a la cabeza en investigación sobre homeopatía aplicada a la oftalmología, y los buenos resultados que obtiene le están granjeando el reconocimiento de sus colegas, hasta el punto de que está empezando a crear escuela.

Desde que voy a visitarme con él tengo una paz interior muy grande. Sé que estamos juntos en la lucha por mi visión, sé que podemos conseguir una mejora y lo estoy viendo cada día. Lo he recomendado a muchas personas con problemas oculares, que están muy contentas porque han mejorado, y desde aquí lo vuelvo a recomendar.

Aquí podéis ver varios videos muy interesantes: http://www.institutovivarbadia.com/
Asociación Catalana de Homeopatía Spagyrica: http://www.ahospacat.org/

domingo, 24 de noviembre de 2013

Pamplona, un revés que me hace tambalear

Un largo trayecto para una mala sentencia


En busca de otras opiniones para asegurarme de que todas coincidían sobre la eficacia de mi tratamiento decidí trasladarme a Pamplona. La Universidad de Navarra es un referente mundial en tratamiento de patologías oculares. Y buscaba sin cesar otra opinión médica que me diera esperanza, pues me resistía a rendirme y necesitaba más respuestas. Me habían hablado muy bien de esta universidad y una persona amiga tuvo el gran gesto de ayudarme, concertándome la visita y las pruebas diagnósticas.

En junio de 2011 viajé a Pamplona esperando que se me abrieran nuevos horizontes. Encontré una ciudad hermosa y verde, de una medida muy humana, con bellos edificios, su majestuosa catedral, sus parques y el inmenso campus universitario, con los más modernos equipamientos.

Un diagnóstico desalentador


Llegué por la tarde y al día siguiente, a primera hora, me dirigí a la consulta oftalmológica de la Universidad, tal como había concertado. La verdad es que estaba muy inquieto porque en las últimas semanas había perdido agudeza visual de forma considerable. Me hicieron las pruebas, pasé por el optometrista y finalmente me vio el oftalmólogo. Yo esperaba que me aconsejaría alguna terapia diferente o complementaria para aumentar la visión… pero no fue así. No me dijo nada nuevo. No solo eso, sino que, como un juez, me sentenció y me comunicó fríamente que mi edema macular no tenía solución alguna y que llegaría a un punto en que cada mes desearía que me pincharan en el ojo para evitar la distorsión visual. Era el único tratamiento conocido y lo único que podían hacer.

Salí desilusionado, cabizbajo y desconcertado. Una universidad referente en el mundo me acababa de inocular un terrible mensaje: tenía que conformarme a vivir con el dolor y dejarme atravesar el globo ocular con una aguja de diez centímetros. Me dije a mí mismo que no, que no pasaba por aquí, y que no quería vivir con una aguja siempre a punto para perforar la preciosa ventana que me conecta con el mundo exterior. Me dije que, por muy sabios que fueran aquellos médicos, finalmente no eran dioses. Y me reafirmé: recuperaría la visión, no solo era cuestión de médicos y tratamientos, sino de mi propia fortaleza interior como paciente.

Un propósito firme


Finalmente, la salud depende responsablemente de uno mismo; cada cual tiene la opción de ser dueño de su vida y de su salud. En el viaje de regreso iba pensando lo grave que es jugar a ser dioses, como si la medicina tuviera la última palabra sobre la vida y la enfermedad. El ser humano es más que pura biología y conexiones nerviosas, y la ciencia no agota el misterio de la persona. Los médicos, por mucho que lleven bata blanca y estén especializados en su área, no pueden meterse en el interior del paciente. Además de material somos alma, somos espíritu, y somos energía cuántica. Somos imprevisibles y no podemos reducir la globalidad de la persona al funcionamiento de los órganos vitales.

Aunque reconozco que la sentencia me afectó, me dije a mí mismo que era el único responsable de mis ojos y que la salud comenzaba en mi cerebro, que está diseñado para recibir las señales de mi conciencia y de mi alma. Aunque estuve a punto de caer en el pozo de la desesperanza, no me consentí doblegarme. Me visualicé en medio de la penumbra, con todas las herramientas para sanar mi ojo, y me propuse seguir luchando sin desfallecer. Tenía que seguir adelante.

Y sigo en esta lucha porque quiero, algún día, poder ver con la máxima nitidez el maravilloso estallido de la creación y saborear, no con el paladar, sino con los ojos, la belleza de los colores que tejen la existencia.

Han pasado dos años y estoy logrando distanciar en muchos meses los pinchazos. Así seguiré hasta que ya no los necesite. Cada vez tengo más claro que está llegando ese día. Mientras tanto, signo en la brecha.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Un cambio y una fuerte recaída

En verano del 2010 me trasladé a un nuevo destino parroquial. Tras 17 años en Badalona, vine a Barcelona, donde ahora resido. El cambio supuso un gran traslado, mucho material, ropa, libros… Toda una vida en la que vas acumulando cosas ¡cuesta de transportar!

Aunque me apetecía un cambio y los últimos meses en Badalona gocé de salud espléndida, todo traslado supone una carga extra de tensión, emociones, cansancio y adaptación al nuevo medio, a la nueva gente y a otro ritmo de vida. En este caso, además, vine a una parroquia con mucha feligresía y una comunidad muy activa, de modo que mi ritmo, si ya antes era fuerte, ahora se volvió trepidante.

Por otra parte, la casa donde vine a vivir no estaba en condiciones y tuve que adecuarla. Son unos bajos donde hay mucha humedad. Ese otoño y luego, en invierno, hizo mucho frío y esto me pasó factura. Mis defensas bajaron, pillé unos resfriados muy agresivos, con tos persistente que me dejaba extenuado. Y, para colmo, en diciembre de 2010, después de más de un año y medio de tregua, mi ojo volvió a dar señales de actividad edematosa. Volvieron las distorsiones visuales y tuve que pincharme de nuevo. Desde entonces, y durante estos años, me han tenido que inyectar regularmente en el ojo.

Volví a sentirme fatal, pues esto frenaba mi actividad. Además, en la nueva parroquia, los feligreses se implicaron mucho con mi problema ocular. Me sabe mal preocuparlos en exceso, pero cada vez que me pinchan debo suspender mi actividad durante unos días, así que no hay manera de evitar su preocupación. Debo agradecer mucho el cariño de tantos feligreses y amigos que me han recomendado médicos, clínicas, fármacos y suplementos para la vista. En este sentido me he sentido muy reconfortado por el apoyo tan incondicional de la comunidad, así como con los compañeros que me han suplido cuando lo he necesitado.

Esta etapa de catarros continuos y recaídas fue dura. Veía que había perdido todo lo que había conseguido y que me estaba estancando. Es entonces cuando volví a replantearme todo: mi alimentación, mi trabajo, mi ejercicio y mi descanso. Todo esto lo había descuidado un poco en el último año, al encontrarme mejor. Bajé la vanguardia y me aceleré. Ahora no podía consentir caer en el desánimo. Mucha gente confiaba en mí y no podía fallarles. De  manera que me dije: comienza de nuevo, no te rindas, tira hacia adelante.

Y fue justamente en esta época cuando conocí a una persona que sería decisiva en el rumbo de mi curación. Pero esto lo contaré otro día.

domingo, 10 de noviembre de 2013

El valor del pequeño movimiento

Además de la alimentación y la respiración, mi amigo naturópata me aconsejó que hiciera ejercicio. Y un día comencé a leer un libro revelador: El cuerpo tiene sus razones, de Thérèse Bertherat.  Esta mujer francesa, después de sufrir una grave pérdida en su vida, comenzó a descubrir de la mano de varias profesionales una nueva terapia que ayuda a recuperar la salud mediante el trabajo corporal: destensando los músculos bloqueados durante años y favoreciendo así la liberación de tensiones, una mejora de la circulación, del funcionamiento de los órganos vitales y también un desbloqueo de emociones enquistadas. Pues los músculos guardan memoria de todos los traumas y nudos emocionales que la persona va acumulando en su trayectoria vital.

Thérèse Bertherat, discípula de François Mézieres, otra gran fisioterapeuta, ha creado un método propio, conocido como antigimnasia. ¿Por qué se llama así? Es una réplica a los ejercicios gimnásticos que, lejos de mejorar el cuerpo, incrementan la tensión y la contracción muscular, generando con el tiempo dolencias y lesiones en huesos y articulaciones. La anti-gimnasia no se opone al ejercicio físico, pero sí a las prácticas bruscas, forzadas y agresivas. Propone una serie de dinámicas que consisten en estirar los músculos de todo el cuerpo y lograr que este recupere su forma natural, con elasticidad y la máxima movilidad. Esto va acompañado de un proceso de liberación emocional. Porque cuerpo y alma están indisolublemente ligados. Cito una frase suya: «Antes de lanzaros a la práctica de ejercicios con frecuencia deformantes, antes de copiar una forma corporal prefabricada, una forma que no es la vuestra, aprended a reconocer vuestra forma corporal auténtica, precisa y bella».

Después de leer este libro, busqué por Internet si en Barcelona había alguien que ejerciera esta disciplina y encontré tres direcciones. Escribí a las tres y me puse en contacto con la que me respondió primero. Así conocí a una excelente terapeuta que hoy es también una buena amiga, Dolors Montpeat. Ofrece talleres de antigimnasia, tanto individual como grupal, en su estudio de la Ronda de Sant Pere. Esta es su página en Facebook: 

En mi primera entrevista con ella supe que la antigimnasia podía ayudarme a mejorar la vista. Al desbloquear músculos de la espalda, el cuello y la cara, favorece la circulación periférica, especialmente en la zona del cráneo, lo cual aumenta el riego sanguíneo del sistema visual y su oxigenación.

Con Dolors descubrí partes de mi cuerpo que nunca había activado: los micromovimientos me permitieron movilizar los músculos de la cara, de los dedos de los pies, de la boca… Me di cuenta de qué poco nos conocemos y qué anquilosados estamos. Saliendo de las sesiones me sentía siempre muy ligero, con amplitud de movimientos y una sensación de liberación muy positiva, tanto física como emocional.


Durante más de un año acudí a las sesiones de antigimnasia. Luego, por motivos de trabajo tuve que espaciarlas, pero en casa he continuado practicando ejercicios que me enseñó Dolors, y que siempre me han ido muy bien.